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Una piscina llena de promesas vacías

Josué llegó emocionado a la piscina pública, pero las promesas vacías del gobierno no le permitieron nadar. Una triste historia sobre sueños y decepciones.

October 22, 2022· 3 min read
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Josué llegó a la piscina pública dando carreras y loco de la emoción. Los 20 minutos de viaje en autobús le habían parecido eternos. Sus padres le llevaban de la mano, tratando con poco éxito de contener su inquietud.

  • ¿Ya?
  • No
  • ¿Ahora sí?
  • Todavía no, Josué
  • ¡¿Y cuándo es que voy a nadar, pueeeeeees?!

Josué se agitaba sobre sus piernas mientras sus papás pagaban y llenaban las planillas para inscribirlo en el club de natación, que funcionaba en la piscina pública en la villa olímpica de su ciudad. Con apenas cinco años, le encantaba el agua, las veces que lo llevaban a un popular club los domingos tenían que sacarlo con los ojos rojos después de cuatro o cinco horas de sumergirse y chapotear sin parar.

"Nació medio pez", bromeaba siempre su papá, "le encanta el agua".

La piscina del club era perfecta para Josué porque era poco profunda, por lo que podía chapotear sin temor a hundirse y ahogarse, pero llevaro ahí era muy costoso y no podían hacerlo siempre.

"Pueden ser hasta 10 dólares nada más en transporte y entradas, sin contar con la comida que no la podemos llevar, hay que comprarla allá adentro. No siempre podemos costearlo", dijo su mamá.

Por eso decidieron reunir los 20 dólares para sus clases de natación. Por 10 de inscripción y 10 de mensualidad vería una hora tres días a la semana con instructores profesionales, eso le enseñaría disciplina, le mantendría entretenido y le enseñaría una habilidad muy valiosa, según sus padres.

En la complicada economía Venezolana, la inscripción se pagó "a tasa del día", de 9 bolívares por dólar, la tasa oficial era de 7. "Pero no importa, es una inversión", pensó papá mientras hacía el pago móvil.

Media hora más tarde Josué estaba listo para saltar al agua, pero le ganaron los nervios, así que pasó el tiempo que le quedaba para "ambientarse" sentado a la orilla de la inmensa piscina mojándose los pies. "Siempre pasa. Le irá mejor el lunes", dijo el entrenador.

Pasó un mes desde aquel viernes, y Josué no había visto su primera clase. Por ser una piscina pública, el gobierno local la cerró precisamente la semana en que el pequeño iba a empezar sus clases, con la promesa de hacerle mantenimiento y tenerla lista "para ese mismo fin de semana".

Pero nada que se hacían los trabajos, y nada que reabrían la piscina. "¿Qué vamos a hacer? -Preguntaba papá de vez en cuando- Pagamos ese dinero y el muchacho nada que nada", agregaba riendo con el chiste, tratando de aliviar la tensión.

Esperar, era lo que le decían, había que esperar porque así no podían nadar, podían enfermarse los niños.

Poco a poco el entusiasmo de Josué se fue apagando y ya no preguntaba cuándo era que iba a nadar. Se distraía con el parque, los paseos a la plaza y jugando en la calle.


Dos meses pasaron desde que Josué se inscribió en el club de natación, y no había vuelto a meter sus pies en la piscina olímpica. Poco a poco, el grupo de Whatsapp del club se fue vaciando, los padres se iban retirando, y cada vez menos niños preguntaban cuándo volverían a nadar.

64 días después, el funcionario junto a su equipo entraron a la piscina llenos de orgullo con sus uniformes rojos impecables, se paró frente a la piscina, con todos ellos detrás de él, sacó un papel y leyó un discurso.

La piscina se rehabilitaría, respetando los tiempos, gracias al trabajo de la revolución cumplirían con los deseos del pueblo y, en los próximos días, completarían el trabajo para volver a ver a sus niños y jóvenes nadando felices en la piscina, como era su derecho. "¡Estamos dando la cara por el pueblooo!" exclamó el funcionario con orgullo.

De inmediato resonaron los aplausos, los gritos y hasta silbidos. Pero algo estaba mal... Todos esos sonidos venían detrás de él, y no eran tantos como el habría esperado. Entonces se dio vuelta y miró hacia atrás...

Y se dio cuenta de que todo estaba vacío. Era su equipo el que aplaudía y silvaba sin parar. Pero ya no había padres en las gradas ni niños en el agua. Ya no había chapoteo, ni risas, ni flotadores de colores.

Josué ya no estaba por ahí, quizás ya ni soñaba con sus clases de natación.

Frente al funcionario sólo había una piscina llena agua sucia... Una piscina llena de promesas vacías...

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