Es una opinión no muy popular de mi parte, que probablemente le eriza los pelitos de la piel a más de uno cuando la lee y la escucha.
Lo cierto es que los venezolanos hemos estado mucho en las noticias en los últimos meses luego de que cientos de compatriotas, junto a gente de otros países latioamericanos, intentara llegar a los Estados Unidos caminando por una de las zonas más peligrosas y hostiles de nuestra querida Latinoamérica: La selva del Darién.
Después de que un primer grupo logró llegar, muchos se olvidaron de los peligros y de los traumas que enfrentaron quienes lo hicieron y se centraron en las fotos de éstas personas en las luminosas noches de las ciudades norteamericanas, y partieron.
Y los Estados Unidos empezó a hacer lo que pudo por recibirlos, y recibió de todo: gente trabajadora, gente tímida, gente polémica… Y trató de acomodarlos.
Y cada uno lanzó su discurso:
- Colombia se quejó de que a sus migrantes no los trataban como a los venezolanos
- Estados Unidos dijo que los venezolanos son víctimas, los colombianos no
- Un grupo de políticos venezolanos tildó a sus compatriotas caminantes de apátridas y locos
- Otro grupo de políticos venezolanos dijo que son víctimas de un régimen y de una “crisis humanitaria compleja”
- Los medios empezaron a publicar todos los videos y fotos de los cruces y a documentar cada logro, cada fracaso, cada desaparecido y cada muerte.
De pronto Estados Unidos cambió de discurso y cerró sus puertas. “Ya. No más venezolanos aquí”.
Por un lado, los políticos empezaron a salir en los medios hablando de sus hermanos olvidados, y los caminantes empezaron a protestar y a amotinarse en los refugios, y los medios empezaron otra vez a cubrirlos a todos…
Pero algunos se dieron cuenta
Pero hubo un grupo de caminantes que se dio cuenta de lo que pasaba y decidió aceptar ayuda para regresar a sus casas. Algunos pidieron a Dios, otros a la vida, subieron a un vuelo “charter” y volvieron a casa.
Y luego otro grupo de venezolanos empezamos a pensar en la verdad definitiva que estos compatriotas vieron durante su regreso: “no tienen que dejarnos entrar… porque no nos deben nada”.
Tenemos una crisis real, por supuesto, y sufrimos mucho a diario. Servicios precarios, una economía maltrecha, con una juventud que no encuentra el norte porque cualquier proyecto es imposible de emprender, y con una tercera edad que vive el día a día sin saber qué va a hacer mañana si se enferma.
Pero es la misma crisis que viven muchos otros hermanos en latinoamérica y el mundo, y ni siquiera es una crisis tan terrible como la que enfrentan Haití, Siria, Yemen, o buena parte de los países africanos.
Es más, los mismos Estados Unidos atraviesan una crisis económica que hacía años no vivían y que ha hecho que, por primera vez en décadas, los millonarios caigan de sus prestigiosas listas.
Y no vemos a personalidades y medios pedir que los dejen entrar, no se ve en todos los noticieros cómo la gente intenta huir de Yemen, y hasta la ONU se calla cuando se trata de conflictos históricos.
¿Entonces por qué de pronto Venezuela sí es especial? Como bien preguntó el gobierno colombiano… Simple… Porque nos pueden sacar partido.
El discurso de la crisis humanitaria le sirvió a un líder político para ganarse el apoyo de un grupo de ciudadanos pudientes, dentro y fuera del país, y de gobiernos con sus propias agendas, y lanzarse por giras mundiales y de medios, predicando la “libertad” de los venezolanos y haciendo montones de dinero en el camino. Pero la libertad aún no llega.
El discurso del migrante ilegal venezolano le sirvió a los Estados Unidos para darse una lavadita de cara con su cruel política migratoria, que dispara sin temor y que separa familias. Para ponerse maquillaje y decir “pobrecitos”, mientras su población migrante, agradecida, aplaudía y les subía la popularidad.
También sirvió el discurso para la guerra política contra un gobierno ciertamente incapaz e ineficiente, que ha dado libertad al corrupto y ha contaminado todos sus poderes de desdén e ineficacia y que ha abandonado su función de gestor y administrador.
Al final ha sido sólo eso: egoísmo, interés. No se preocupan por nuestros caminantes, no se preocupan por nuestros niños… Sólo siguen una agenda. Si funciona bien y si no, también… Pero no les importamos ni a gobiernos, ni a ONGs, ni a los medios, mucho menos a los Estados Unidos: porque tienen sus propios problemas… y porque no nos deben nada.

