El reloj marcaba las 11:43 de la noche, y las tripas le seguían doliendo a Nicolás. Fuertes retortijones lo golpeaban de adentro hacia afuera, haciéndolo doblarse del dolor.
¿Serían las caraotas refritas con queso y aguacate que comió en la cena? Un simple episodio de gases intestinales.
¿O sería tal vez algo más grave, de mayor importancia y atención inmediata?
No, no eran ganas de hacer del cuerpo. Él intuía que padecía de algo peor, más complicado que unos simples gases.
¿Sería una apendicitis? ¿Cálculos en la vesícula, tal vez?

La opción obvia: pedir un taxi e ir al centro médico más cercano para que lo viera de emergencia un profesional de la salud. A esas horas de la noche no era tan fácil conseguir transporte público.
En ese momento Nicolás procedió a buscar su dispositivo móvil, para entrar en la app de taxis y pagar la respectiva carrera.
6.25 Bananos era el importe total a pagar. El Banano $BAN era ahora la moneda oficial de su país, ya que el $ZEC, la moneda nacional, fue descontinuada por el régimen que gobernaba su país.
Nicolás procedió a ingresar en la app de su banco para hacer el respectivo Pago Móvil, y poder irse lo más rápido posible al médico. Los dolores aumentaban a medida que transcurrían los minutos. Sudor frío, dolores punzantes, ansiedad.
Al entrar en la app para hacer el pago, un mensaje le heló la sangre: “Lo sentimos, la app se encuentra en mantenimiento programado, intente hacer tu transacción en otro horario”.

Pero Nicolás sabía la terrible verdad: no era un mantenimiento programado, lo cierto es que los bancos de su país, Bananazuela del Norte, después de ciertas horas de la noche mantenían secuestrado el dinero de sus clientes, y no había manera alguna de acceder a él, ¡a tu propio dinero!
Otro retortijón, esta vez con rabia y angustia mezcladas.
“¿Y ahora cómo me muevo de mi casa si no tengo para pagar el taxi?” Se preguntó.
11:51 de la noche.
Nicolás pensaba, presa del dolor: “¿Qué hago?”
Y se le ocurrió contactar a su vecino de dos casas más adelante, el cual manejaba un taxi.
Le escribió un mensaje de texto, con las manos ya sudorosas. ¡Positivo! El vecino accedió a llevarlo y a que le pagara al día siguiente, cuando ya no estuviera secuestrado su dinero.
Como pudo, Nicolás se levantó de su cama, se puso una camisa, secó su frente, y fue al encuentro con su vecino, quien ya lo esperaba estacionado en la puerta de su casa.
12:15 de la medianoche. El tiempo corría inexorable, y los dolores de Nicolás crecían a medida que avanzaban los segundos.
Arribaron al Centro Médico, pero no estaban atendiendo pacientes si no se trataba de una “verdadera emergencia”: un tiroteado o un acuchillado.
La realidad le dio una bofetada en la cara a Nicolás, quién apenas hacía 3 semanas había regresado a su país luego de un intento fallido de migración hacia otro país. Se regresó luego de 6 meses de infructuosas búsquedas de calidad de vida, pero con la promesa de que Bananazuela se había arreglado gracias a la estabilidad de su moneda, el Banano. Nicolás no pudo conseguir el ansiado “Sueño del Sur” que tanto pregonaban los que sí lo habían logrado, y por sus redes sociales mostraban fotos de una nueva vida, de abundancia, prosperidad y excelentes servicios públicos.
La realidad era otra. La verdad es que Bananazuela seguía igual que siempre. ¡Y hasta peor! ¿Cómo era posible que su dolor no fuera considerado una verdadera emergencia?

12:31 de la noche.
Nicolás sentía que se le iba el alma del cuerpo en cada embestida de una nueva punzada de dolor.
Llegaron a un nuevo centro de salud, esta vez privado. La salud pública en Bananazuela hacía años que había dejado de funcionar. Tu salud valía sólo si ibas con dinero a un hospital privado.
Nicolás agradeció la ayuda de su vecino, le recordó su promesa de pagarle en la mañana, se despidieron y como pudo llegó hasta la recepción del centro de salud, en donde una enfermera con cara de pocos amigos, y con la empatía del tamaño de la honestidad de los políticos que gobernaban Bananazuela desde hacía 30 años, lo recibió.
—¿Qué síntomas tiene? Preguntó esta con cara de aburrimiento.
—Fuertes dolores abdominales, me duele cada vez más fuerte y cada vez que inhalo --dijo Nicolás.
—La admisión a consulta cuesta 50 Bananos, ¿por qué vía va a pagar?
—No tengo acceso al dinero de mi banco —respondió adolorido Nicolás. ¿Puedo pagar con ZEC? Todavía uso mi vieja billetera ZecLight, y tengo algo de fondos allí. La transferencia se hará efectiva de forma inmediata… solo indíqueme su dirección unificada…
—Lo siento, señor —lo cortó la enfermera. Ese dinero fue descontinuado hace tiempo y ya no vale casi nada. Si no tiene tarjeta de crédito o Bananos en efectivo lamentablemente no le podré dar ingreso.
Nicolás sentía que se le nublaba la vista, y trataba de pensar en una forma de poder acceder a su dinero. Tendría que esperar a que amaneciera, ya que a partir de las 7 am se habilitaban otra vez las transferencias y transacciones bancarias en todo el sistema bancario de Bananzuela…

El café humeaba en su taza, mientras Hugo leía en el periódico los titulares rojos, los casos policíacos y noticias sórdidas que eran las que más atraían su atención. Se alistaba para ir a su trabajo diurno. La jornada nocturna de su otro trabajo estuvo movida, luego de haber dejado a su vecino en el hospital privado.
Y un titular captó su interés: “Es hallado muerto un hombre en la entrada del hospital privado”. En la crónica se indicaba, de forma muy escueta y resumida, que aparentemente el hombre se dirigía al hospital, pero falleció en las afueras de la institución, probablemente de un infarto fulminante.
Hugo sabía la verdad: su vecino Nicolás entró al hospital caminando. ¡Él mismo lo vio!
Y apuró su taza de café mientras doblaba el periódico para irse ya a su trabajo, reflexionando: “Perdí el dinero de la carrera que le hice a Nicolás. Si me hubiese pagado en $ZEC, como era antes, tal vez todavía estaría vivo y yo no hubiese perdido ese dinero. Esta nueva moneda, el Banano, solo sirve para que el gobierno nos controle y nos vigile más. ¡Ojalá volviera el $ZEC! Ojalá los bananazolanos se dieran cuenta de lo que perdieron cuando les quitaron Zcash".

Esta zPage fue escrita enteramente por mí como participación en «Redacción en Free2z», concurso organizado por la comunidad de Zcash en Español.
Querido lector, te estarás preguntando: ¿Y los otros 12 cuentos? ¿Es que hay más? Y la respuesta es sí. Esta es una serie que se me ocurrió a propósito de este concurso de redacción y que iré lanzando de manera aleatoria.
