Esta historia, hijito mío,
que hoy yo te vengo a contar,
pasó en una escuela de campo,
de esas que todavía hay.
Era una tarde de invierno,
hacía frío en el salón,
cuando a la puerta se asoma
un muchacho ya mozón.
Tenía los ojos azules
y muy roto el pantalón,
y se para allá en la puerta
como todo un botalón.
El resto del alumnado
suelta tan gran carcajada,
pero el muchacho valiente
les sostiene la mirada.
El profesor lo escudriña
y ya empieza a adivinar
que ladrón no ha sido nunca
ni tampoco pide pan.
Le sale pronto al encuentro
con él empieza a hablar:
—Buenas tardes, jovencito.
¿En qué lo puedo ayudar?—
Y el muchacho le responde:
—Señor, yo quiero estudiar.
Y el profe le responde
para ayudarlo a avanzar:
—El primer paso es difícil
y valiente es quien lo da.
Es el último de la fila
por ser el más grandulón,
pero nadie adivina
lo que hay en su corazón.
Fueron pasando los días
y esto también sucedió:
que el profesor le ha comprado
alpargata y pantalón,
para que no se burlaran
del joven y su ilusión.
El muchacho se ha ganado
la amistad y admiración
del profesor del plantel
y también del director.
A veces va a la farmacia
o a buscar al doctor.

El tiempo pasa muy pronto
y la vida así se va.
El muchacho hoy se encuentra
que está en la universidad,
pero consigue una beca
y al extranjero se va.
Al profesor lo mandaron
a dar clase a otro lugar,
cuando de pronto le avisan
que lo van a visitar.
Y por la mente del profe
nunca le llegó a pasar
que el joven de ojos azules
y de roto pantalón
retornara ya a su patria
con título y profesión.

El niño que le está oyendo
se estremece de emoción
y le pregunta a su padre:
—¿Tú conoces al señor?
Y el padre le responde
con ojos llenos de amor:
—Lo conoces, hijo mío.
Te ha cantado una canción,
te ha cargado en las rodillas
y te ha dado el biberón.
Así se quedan los dos,
abrazados, padre e hijo.
Autora: @amor150450
