
Con una mezcla de nervios y alegría, Santiago abrió los ojos y se dio cuenta de que ya había amanecido. Saltó de la cama y corrió hacia el calendario del año 1957 que estaba pegado en la pared. Allí estaba, el 20 de junio, marcado con un círculo rojo. Solo faltaban tres días para la fecha tan esperada, su cumpleaños número siete.
Nunca antes había estado tan emocionado, era la primera vez que tendría un pastel, soplaría las velas, vendrían sus amigos del barrio, sería un día perfecto.
Su madre era muy estricta, pero él la quería con todo su corazón. Por eso, se había esforzado por ser un niño modelo, tendiendo su cama en un cuarto compartido con otros cuatro niños, comiendo todo lo que le ponían en el plato sin protestar y cediendo a los caprichos de sus hermanos y hermanas para evitar peleas que pudieran arruinar la operación pastel.
Después de hacer todos los quehaceres de la madrugada, se acercaba a su madre y le decía: "Bendición, mamá". Ella le respondía sin mirarle a los ojos: "Dios te bendiga". Y así se iba Santiago a la escuela, esta vez con una sonrisa, la vida no podía ser más perfecta.
Le contó a todos lo de su cumpleaños, no le importaba si comía muy poco pastel, él solo quería un día especial, su día especial. No pasaba momento en que no pensara en ello. En clase de matemáticas había aprendido sobre las fracciones y ya sabía cómo iba a distribuir el pastel si todos los invitados asistían. Tenía todo calculado y cuando soñaba con eso sentía una leve electricidad que le recorría el cuerpo, era tan emocionante.
Así pasaron los días restantes y su madre al ver el niño en el que se convirtió estaba... orgullosa. La vida la había golpeado mucho para sentir felicidad plena, pero sí estaba orgullosa de su hijo.
Y así, llegó el día, el 20 de junio de 1957. Santiago no podía creerlo. No podía parar de sonreír. Pensó en salir del cuarto muy sigilosamente y asustar a mamá de manera cariñosa. Ella se asustaría y luego reiría por la travesura, lo abrazaría, le daría el feliz cumpleaños y sería un día perfecto. Lo había preparado todo, lo había esperado, había trabajado con gran empeño. Nada podía salir mal.
Tal como lo imaginó, lo hizo. Pero la reacción de mamá no fue la esperada. Ciertamente se asustó, pero al girarse su cara estaba llena de rabia. Su ceño fruncido acompañó un montón de palabras ofensivas hacia Santiago. Los golpes con la mano no se hicieron esperar.
Santiago estaba en shock. No reaccionaba. Su mente quedó paralizada. Su madre, cegada por una falsa idea de superioridad como madre y jefa del hogar, malinterpretó la reacción del niño y pensó que la desafiaba. Entonces, corrió a la cocina, donde tenía colgado un palo con una tira de cuero atada a él, una especie de látigo que llamaban en la casa "el mandador".
En ese momento, Santiago reaccionó, pero no tuvo tiempo de correr. Sólo se agachó, tapó su cuerpo con sus delgados brazos y soportó en medio de un llanto muy bajito que todo terminara. Y entre cada latigazo, sólo deseaba poder hacerse más pequeño, o poder regresar el tiempo o simplemente no existir. Aunque sólo podía esperar era crecer y que la infancia por fin terminara.
Y terminó, la infancia terminó, nunca más Santiago anhelo un día feliz, sólo pasar los días. Transcurrió la adolescencia y su juventud, también entre más golpes, maltratos y esa terrible deuda con su madre que no le alcanzaría la vida a cubrir porque para ella no valía el amor incondicional sino un favor que él debía devolver: el favor de criarlo.

Soñó con una familia grande y feliz, prometió nunca hacer eso, pero no fue hasta tener la primera hija que fue repitiendo el mismo patrón que había hecho su madre con él, quizás ya no tan violento, pero seguía siendo abusivo. Creía que cualquier broma o juego de sus hijos hacia él era una absoluta falta de respeto que no se debía tolerar.
Especialmente con la primera hija se encargó de que fuese ejemplo para él demostrar que era buen padre, quería una hija proveedora de sí misma y su familia, sin ilusiones de amor, sin embarazos precoces, incluso una mujer que nunca fuese tocada con alguna incitación sexual, porque así él creía asegurar un buen futuro para ella.
Para alcanzar eso se aplicaron muchas normas, en casa su hija no iba al dentista cuando necesitaba mudar dientes, ella simplemente abría la boca y aunque le dolía soportaba el dolor de que su padre hiciera de odontólogo sin derramar una lágrima porque entonces le daría verdaderas razones para llorar.
La vestimenta no podía quedar de lado, aunque sólo era una niña, cualquier atuendo o comportamiento coqueto era penalizado con golpes en las manos usando alguna herramienta de hierro.
Así que ella también creció a la espera de que la infancia por fin terminara y prometerse nunca hacerle eso a sus hijos, ellos serían libres.
Y en contra de todo pronóstico así lo fue,. Tuvo un hijo, y conoció por primera vez el amor verdadero y lo protegió contra todo lo que podía hacerle mal. A cambio, ella cada día tenía el privilegio de ver cómo las alas de su polluelo crecían hasta que alzó vuelvo, volviendo cada tanto a contarle sus aventuras, a darle un gran beso y decirle cuanto la amaba.
“Esta zPage fue escrita enteramente por el autor como participación en «Redacción en Free2z», concurso organizado por la comunidad de Zcash en Español”

