Llegué a la hora pautada esa mañana. 8 AM. Apenas pisé la entrada pude ver de frente y hacia los lados, largos y anchos pasillos con grandes ventanales. La luz del día iluminaba todo el interior, muy poco se percibían los bombillos en el techo, parecía que no hicieran falta porque la luz invadía todo el espacio.

Muchas batas blancas circulaban sin mirar a los lados. Otras personas, como yo, simplemente deambulaban preguntando por la Sala X, consultorio Z.
Para ubicarme llamo a mi amiga por teléfono para que me indique hacia dónde dirigirme. Me responde que después de la recepción tome el pasillo que esta al frente y me dirija a los ascensores que están al final, que marque el último piso y luego camine hasta el final de otro pasillo, a la izquierda, en donde ella me estará esperando.
Yo decidí subir las escaleras, los ascensores en hospitales o lugares desconocidos me dan un poco de miedo.
Mientras subía sentí las manos frías, me sentía nerviosa, pero la luminosidad del sol que penetraba por los ventanales era cálida y eso me ayudaba un poco.
Una vez en el último piso vi a mi amiga que me esperaba. Detrás de ella una puerta angosta, cerrada. En sus manos tenía una camisa para mi, color azul marino y mangas cortas, misma que usan los terapeutas.
Antes de entrar, me advierte:
- Eres una pasante de terapia ocupacional, cualquier cosa hablas directo conmigo.
- ok.
- Vas a estar conmigo todo el tiempo.
- ok.
Mi amiga, Ana, es Terapeuta gestáltico y ocupacional, con una especialización en psiquiatría. Con más de 15 años de experiencia en el área clínica especialmente en trastornos mentales. Es una mujer amorosa en su profesión y entregada al servicio.
Estudiaba conmigo un Diplomado en Facilitacion de técnicas psicocorporales, y fue mi aliada perfecta para entrar en su mundo y ponerme de frente a la realidad de aquellos pacientes.
Apenas pasamos la puerta me doy cuenta que la luz del día sigue presente con cierta intensidad pero ya no se siente tan cálida. Algunos pocos advierten mi presencia y ella anuncia mi nombre. Los saludo asentando con la cabeza y dando los buenos días. Ella me muestra brevemente la distribución del espacio, señalando las oficinas por un lado y las habitaciones por otro, al voltear sólo una pude ver de reojo y estaba vacía.
Acababamos de entrar en la sala para hospitalización psiquiátrica masculina. La sala para el sexo femenino se encontraba en otro edificio.
Finalmente me lleva directo a un salón, con un mesón rectangular. Allí estaban sentados 4 chicos a punto de comenzar una actividad a través de la cual le permitiría saber a ella cómo se encontraban, cómo iban sus procesos y su recuperación.
Al mirarlos noté que eran muy jóvenes, entre unos 17 y 20 años. Con un poco de incertidumbre comienzan hacer su tarea, y se les indica que harán un regalo para el día de la Madre. No era cualquier día.
Hospitalización
En las salas de hospitalización psiquiátrica, una vez que se ingresa al paciente éste permanece aislado por varios días, sin contacto con el exterior, ni familiares. El objetivo es mantenerlo seguro, estabilizarlo, aplicar tratamiento y evaluarlo para determinar su diagnóstico y poder darle la ayuda que requiere para finalmente re-integrarlo a la sociedad. Se dice rápido pero pueden transcurrir muchos meses y hasta años si los familiares lo abandonan o no reciben la atención necesaria.
Afortunadamente, éstos chicos se encontraban en uno de los mejores hospitales de Caracas en ésta materia, para ese momento, ya que en la actualidad desconozco cualquier información.
La actividad con los chicos fue reveladora, debido a que hasta ese momento todo mi caso de estudio para la certificación lo había enfocado en un 80% en el cuerpo y un 20% en la psique es decir, tenía una firme convicción que cualquier enfermedad podía ser tratada desde el cuerpo con base en el psicoanálisis, por lo que el cerebro era secundario, pero ésta visión pronto cambiaría por toda la información que recibiría ese día y experimentaría años después.
¿Recuerdan que les dije de una habitación vacía que sólo pude ver de reojo?.
Cuando terminamos la actividad con los chicos, ana me lleva hasta una terraza para mostrarme el lugar donde los pacientes podian salir, en determinado horario, a sentarse y mirar la comunidad desde lo alto del hospital. Ese patio estaba cercado con rejas hasta el techo.
- Ana: Ven para que conozcas a Luis.
Luis, era el huesped de aquella habitación vacía. Alto, de piel morena, flaco, de unos 70 y tantos años de edad, con mucho tiempo internado.
Nos sentamos los 3, Ana en el medio. Luis me mira fijamente y pregunta quien soy. Ana le dice mi nombre y al mismo tiempo me comenta que había sido internado por su familia ya que fue diagnósticado hace un tiempo con un trastorno de personalidad. Lamentablemente su familia llevaba tiempo sin visitarlo.
Debo confesar que estaba nerviosa y por un momento sentí miedo, por mi seguridad física, ya que los pacientes con demencia seníl de acuerdo al grado de avance pueden reaccionar de forma violenta, por ejemplo morder, es como si volvieran a una etapa primaria del ser. Aunque estaba en un espacio seguro no pude evitar pensarlo. Luis mostraba ser un paciente tranquilo sin embargo, su mirada me recordó la obra de Edvard Munch, El Grito. Fue impactante para mí. Deseo que hoy día permanezca bien cuidado y rodeado de mucho amor.

Fin de la visita.
Con él finalizó mi visita y cuando salí de allí, aunque suene extraño, me sentí atrapada en la calle. Ya en el metro miraba a mi alrededor y las personas me parecían distantes, otros como zombies, y otros estresados. Fue allí cuando reflexioné que no somos distintos de Luis, ni de los 4 jóvenes.
La línea que nos separa es imperceptible. Cualquiera puede desarrollar un trastorno mental y por razones multifactoriales. No es exclusivo de nada, ni de nadie.
Afortunadamente un trastorno mental puede tratarse, vivir y ser funcional con el mismo, manteniendo un tratamiento farmacólogico supervisado, con chequeos continuos, trabajo terapeutico para gestionarse, red de apoyo social y familiar. Este último es tan valioso como el control médico.
Nuestro cerebro es una tecnología maravillosa, al igual que nuestro cuerpo. Vamos a cuidarlos.
Gracias por llegar hasta aquí.

