9 meses de la operación de mi papá

9 meses de la operación de mi papá

A heartfelt reflection on the past 9 months post-surgery for the writer's father, navigating emotions and gratitude in the midst of medical challenges.

November 29, 2025· 4 min read
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Han pasado 9 meses desde la operación de mi papá y 2 días de su cumpleaños 65. Esas dos fechas significan. Esta mañana, sentada y medio dormida en los bancos naranjas del hospital, recordé tantas citas médicas anteriores. Recordé también las mañanas que se nos iban a mi papá y a mí en el teléfono: conversando sobre cualquier cosa, leyendo algún libro, escribiendo mi tesis o escuchando las historias y cuentos de otros pacientes que se colaban en aquel espacio tan reducido y, al mismo tiempo, exacto para que nadie quedara de pie y pudiera existir un altar con flores y velas. Un baño de “solo para damas” que, en realidad, usa quien lo necesite. Y el frío de noviembre que me hizo recordar aquellas primeras veces, también por estas fechas.

Hubo una mañana en la que estuve sola ahí, siendo eterna paciente de 7 a 1 p. m., viendo cómo la sala se vaciaba mientras las enfermeras no me llamaban ni daban respuesta sobre la esperada cirugía de mi papá. Fue el día en el que me sentí más pequeña y menos escuchada.
En la vida, una cree que existen escalas de situaciones según la edad o la experiencia. Quizás esto se deba a mi mente virgiana de “2+2 es 4”. Y tal vez no todos lo vean así, pero la verdad es que nunca sabes con cuánta fuerza debes pararte en una sala llena de personas que incluso tienen hijos del doble de tu edad.
Sin embargo, en mi forma más pura (en mis pensamientos más internos) la pequeñez no es una característica que yo me atribuya. Tal vez por eso, cuando algo externo me lleva a sentirla, me rompo instantáneamente.

Hoy fuimos a consulta y estaba el doctor noble. La verdad es que todos los doctores que han tratado a mi papá han sido excepcionales, cada uno con lo suyo: el maracucho, la energética y el noble. Hoy, nueve meses después, y con una tomografía en mano, nos dijeron que todo estaba bien y que mi papá estaba libre de células cancerígenas.

Cuando el doctor revisaba el estudio, antes de darnos ese informe final, abracé a mi papá. Él estaba sentado y yo, de pie, de modo que su cabeza descansaba en mi estómago y mi mano izquierda acariciaba la parte de atrás de su oreja. En mi pecho se abría una emoción intensa y, para no fallar al describirla, me quedo en la sensación misma: saber que él estaba ahí, siendo, con unos años más encima, una extensión de mi propio cuerpo. ¿Cómo podía ser eso posible? Una especie de regresión: de mi vientre a la no existencia de ese vientre antes de que me concibiera. Y ahora su existencia en medio, y por la cual yo, ahora mismo, soy. En fin, creo que he fracasado en explicarlo, pero no lo borraré.

No deja de atravesarme lo frágil de la vida. No por el hecho de vivir o morir, sino por las vías en las que la vida decide cuáles serán tus objetivos y tus situaciones. Para algunas personas, esas sillas naranjas son, en paralela medida, los días en los que yo estoy ensayando o manejando bicicleta mientras canto a todo pulmón, con mi rostro, mis piernas, mi cuello y mis brazos sanos. No puedo dejar de romperme al saber que esto existe.

Recuerdo también un día, en otra clínica de Caracas. Mientras esperábamos que le realizaran otro estudio a mi papá, escuché las conversaciones de otros pacientes sobre sus historiales médicos (oncológicos también), entre ellos una señora en silla de ruedas con la fuerza de una leona. Salí al pasillo a llamar a Camila y a controlar mis lágrimas, la respiración del motor de un camión y la desesperación de, nuevamente, sentirme presa de algo mucho más grande que yo. Supongo que es difícil comprender el concepto de valentía. O cómo se encuentra. Tal vez la valentía es una de esas cosas con las que te topas mientras caminas y, de repente, ya está ahí. No lo sé.

No pretendo que este escrito sea ninguna despedida; las despedidas no valen la pena porque ¿quién sabe de finales? Al menos sé escribir cartas y hablar conmigo misma. Ah, sí: y darle veinte vueltas al asunto. Una cosa lleva a la otra y sería una lástima no volver a agradecer. Primero, al amor que indudablemente me sostiene y que, en extensión, nos ha sostenido. Creo que los procesos no son nuestros, así como tampoco lo es el tiempo que ellos mismos demandan (en presente, pensamiento, palabra y futuro). Y, definitivamente, los procesos también son las personas que nos toman la mano en ellos.

Mi mamá dice que son ángeles que me pone la vida en el camino, y yo le creo. Estoy llena de ángeles en mi vida, en mi camino y en mis aprendizajes. Aprendo de cada ángel y le doy la mano porque todo, siempre, “termina” siendo luz.
Quisiera abrazar a todo aquel que pase por una sala de espera: a quienes necesitan insumos para sus familiares, una atención médica; a quienes van solos a consulta, a quienes esperan un diagnóstico, a quienes viajan del interior, a quienes les cambió la vida en un instante.

Pido luz y ángeles y mucho amor, para que podamos sostenernos.
Gracias inmensamente, gracias.

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