Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.

[Día 04]
La suerte está echada para Mariana. La intuición le habla a voces de su designio a llevarse a cabo.
Han concretado un encuentro... Cena con rosas, vino. Festín de dioses.
¿Es el presagio acaso... de una última vez? Lo presiente.
¿Refutaría en su defensa pese a la sentencia que está en ella marcada cual beso de Judas? No podría. El deseo que la consume es mucho más fuerte.
¿Qué ocurrirá al día siguiente?
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A tientas, en absoluto sigilo, trato de esquivar la incertidumbre que asalta la cordura a medida que su proximidad mis sentidos aturde.
Me desnuda su mirada
que me azota a fuego,
llena de intriga, sedienta, ansiosa.
Me lacera el timbre de su voz... tiemblo y se yerguen mis pechos,
cuales fieles atentos a la oración.
Ud. me tiene desprovista de fuerzas ante su mano
que se aferra a mí como pecador pidiendo intercesión
a figura en geometría sacra en plena procesión.
Solo eso basta.
Estoy sentenciada a la perpetuidad que me susurra su alma.
Perfúmome toda: a cuerpo entero,
cubriéndo de lírios mis pies cual virgen en ofrenda.
¿Mi condena? Su absorta y muda veneración.
¿Mi templo? Ud... Ese que lleva mi nombre
en su carne encrustado como salmo sagrado.
Hágase en mí su pasión a cuerpo vivo.
Cúmplase en mí su misión... mi destino.

